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  • Los nombres de Dios

    Los nombres de Dios

    Muchos son los nombres que aparecen en la Biblia para referirse a Dios —Yahvé, Elohim, El, Adonai, El Shaddai… Por ello, en algún momento es muy fácil para muchas personas perderse en elucubraciones sobre el significado de todos estos nombres o hacerse preguntas que parten de suposiciones erróneas y que llevan a respuestas todavía más alejadas de la verdad.

    En este artículo me propongo explicar de forma clara las razones de todos esos nombres que aparecen en la Biblia para hablar de Dios. Al final, posiblemente descubrirás que no es como creías y que, claramente, es solo uno el Nombre de Dios.

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    La revelación de Dios en la historia es progresiva

    Como seguramente ya sabrás, Dios se revela al ser humano de forma progresiva a lo largo de la historia. Esto se repite constantemente y por eso estoy seguro de que ya lo habrás leído o escuchado antes.
    Lo que no suele decirse tanto son las razones, así que voy a aprovechar este momento para exponer la razón principal de esa progresividad de Dios para ir dándose a conocer, tanto a sí mismo, como a su plan de salvación para la humanidad.

    Imagina tener que enseñarle a un niño recién nacido a hacer ecuaciones de segundo grado, ¿verdad que es ridículo? Si esa fuera tu misión, lo primero que tendrías que hacer es… ¡Esperar!

    Ese bebé tendrá que convertirse antes en un niño con un determinado nivel de maduración cognitiva para poder entender, primero, las operaciones matemáticas básicas que le será necesario dominar para resolver ecuaciones de segundo grado.
    Llegado el momento le enseñarás a sumar, restar, multiplicar, dividir, operar con fracciones… Pero ni siquiera podrás explicarle todavía para qué le estás enseñando todo eso, porque no entendería que es en sí una ecuación de segundo grado. Por tanto, conocerá ciertas operaciones matemáticas pero todavía desconocerá la razón que hay detrás de la necesidad de aprender todo eso. Estarás transitando con el niño un periodo de preparación que llevará años de formación, supeditada al propio desarrollo intelectual del niño, a su propia maduración como persona.

    Como te habrás dado cuenta a través de la analogía del recién nacido que tiene que aprender operaciones matemáticas complejas, sería un absurdo tratar de enseñarle todo desde el principio debido a la propia incapacidad del niño para comprenderlo. Por razones similares, Dios necesitó preparar a la humanidad poco a poco para ir dándose a conocer y para mostrarles su plan de salvación y sus misterios.

    Desde los primeros patriarcas hasta Abraham, y desde Abraham a Moisés, y así sucesivamente, Dios va dándose a conocer teniendo en cuenta la capacidad de estos hombres para interpretar lo que escuchan o lo que conocen de Él. Esa capacidad está ligada a su particular grado de desarrollo espiritual, moral, social, político, etc.

    Dios prepara una pedagogía gradual adaptada a la historia del ser humano. Como en el ejemplo del niño recién nacido al que tenemos que enseñarle a resolver ecuaciones de segundo grado, ha de hablar a estos patriarcas, en primer lugar, en un lenguaje que comprendan y en unos términos que les resulten familiares pero, además, no puede adelantarles nada que no sean capaces de comprender o de asimilar de algún modo u otro.

    Y aquí viene el primer detalle importante: en el período histórico de los patriarcas, todas las formas que tenían para referirse a Dios, todos los «nombres» que empleaban no eran verdaderamente el nombre de Dios, sino que se empleaban a modo de títulos.

    Bien, ¿y qué quiere decir eso?
    No es lo mismo para nosotros escribir Dios, que dios. No es lo mismo Señor, que señor. Pero esa distinción gramatical que hacemos, no la hacían ellos —ni aparece en los manuscritos originales, por razones lingüísticas en las que no vamos a entrar ahora— así que la única forma de diferenciar el título de dios que se empleaba para referirse a cualquier deidad pagana de la del Dios revelado a los patriarcas, era el contexto.

    Así, veremos en los libros del AT —sobre todo en los del Pentateuco—algunos títulos para referirse a Dios que también eran empleados por los pueblos de la época para referirse a cualquier otra deidad y que se usan indistintamente, lo cual puede llevar a confusión durante la lectura.

    No hay que perder de vista que ya habían otras religiones y que existían palabras, etiquetas y títulos para referirse genéricamente a los dioses. Muchos de estos términos son tomados tal cual por los patriarcas para hablar del Dios que acaban de conocer. Por el momento, solo están aprendiendo que este Dios es el único, el verdadero; aquel al que deben escuchar, seguir y obedecer.

    Dios revela su verdadero nombre

    No es hasta Moisés, en el famoso episodio de la zarza ardiente, que Dios revela su verdadero nombre. Ahora sí hablamos de su nombre personal. No un título —como señor— ni una forma genérica o adjetivo, sino su nombre propio: Yo soy el que soy.

     Entonces dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy.” Y agregó: “Así dirás a los hijos de Israel: «El que es me ha enviado a vosotros.»”

    Éxodo 3,14

    Una pausa aquí para fijarnos en algo. En el versículo citado arriba hay dos partes. Primero Dios habla refiriéndose a sí mismo en 1ª persona, pero a continuación le dice a Moisés el nombre por el que lo dará a conocer al pueblo de Israel cambiando la forma verbal a la 3ª persona.

    Según la traducción de vuestra Biblia, puede cumplirse o no este cambio verbal, pero por si quedaban dudas, todo queda aclarado en el siguiente versículo:

    Prosiguió Dios diciendo a Moisés: “Así dirás a los hijos de Israel: Yahvé, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Éste es mi nombre para siempre, y éste mi memorial de generación en generación.

    Éxodo 3,15

    Ahora leemos Yahvé en la Biblia Straubinger, muy fiel al original hebreo, en donde aquí aparece ya el Tetragrámaton יהוה (YHWH), que es el nombre propio de Dios que aparece en todas partes a lo largo del Antiguo Testamento.

    Lo que Dios nos enseña al revelarnos su verdadero nombre es una verdad simple, pero absolutamente profunda y novedosa:
    Dios es el Ser universal y no hay otro. Todo lo que es, es por Él. Todo lo que tiene vida, la tiene por Él.
    Dios es dinámico, pero a la vez estático —en inglés el mismo verbo significa ser, pero también estar. Pero aún hay mucho más…

    La contemplación del nombre de Dios

    La pronunciación más probable para el nombre propio de Dios, el Tetragrámaton escrito en los originales, serían sonidos aspirados que recordarían a los producidos en un acto de respiración consciente. Se podría decir que, de algún modo, cada ser vivo que existe proclama el nombre de Dios con el mero acto de respirar, porque la respiración es signo de vida y es mediante el soplo de su aliento que Dios da la vida.

    Esta preciosa idea puede ilustrarse bastante claramente con unos cuantos versículos bíblicos:

     Y formó Yahvé Dios al hombre (del) polvo de la tierra e insufló en sus narices aliento de vida, de modo que el hombre vino a ser alma viviente.

    Génesis 2,7

    y antes que el polvo se vuelva a la tierra de donde salió,
    y el espíritu retorne a Dios que le dio el ser.
    Si Tú escondes el rostro, desfallecen;
    si retiras Tú su aliento, expiran,
    y vuelven a su polvo.

     Cuando envías tu soplo, son creados,
    y renuevas la faz de la tierra.

    Salmo 103[104],29-30

    El Espíritu de Dios me hizo,
    y el soplo del Omnipotente me dio vida.

    Job 33,4

    Entonces, ¿por qué no vemos el nombre de Dios en el Nuevo Testamento?

    Esta cuestión ha generado muchas dudas y malentendidos que han dado lugar a ideas absurdas, hasta el extremo de que para algunos cristianos —muchos, diría yo— existe una radical desconexión entre el Yahvé del AT y el Padre o Señor del NT.

    Esta desconexión a menudo se vuelve más fuerte todavía por el hecho de que la personalidad de Dios en el AT parece muy diferente a la del NT y a la del propio Jesús.

    Esta cuestión genera tal tensión para algunos cristianos—especialmente, desde mi punto de vista, entre católicos— que incluso he observado algo que, aunque me duela decirlo, es la pura verdad: rechazo al Dios del AT.
    Una circunstancia que al primero que le duele es al cristiano que alberga este sentimiento, el cual yo mismo he experimentado en el pasado.

    Tanta es la importancia de eliminar este malentendido y esta aparente tensión entre el Dios del AT y el del NT que merece un artículo completo dedicado a tratar esta cuestión.

    Volviendo a la cuestión que titula esta sección, la razón por la que no vemos escrito en nuestras Biblias el nombre propio de Dios en el Nuevo Testamento, es por respeto a una tradición que se remonta desde —al menos— el judaísmo de la época del segundo templo y que arraigará todavía más esa costumbre a partir del siglo I d.C.

    Así pues, cuando en la sinagoga los judíos llegaban a un frase donde donde estaba escrito el nombre de Dios —יהוה— leían en voz alta Adonai —Señor— o, según el caso, Adonai Elohim, traducido a veces como Señor Yahvé en nuestra Biblia.

    Podían utilizar otras expresiones indirectas que evitaban pronunciar en voz alta el Nombre de Dios. ¿Por qué? Porque lo consideraban tan sagrado y le mostraban tal respeto, que evitaban incluso el pronunciarlo en voz alta como una muestra de reverencia extrema.

    Así, cuando se redactó la Septuaginta —que se podría decir que fue «la Biblia de los Apóstoles» por ser sus textos los más citados en el Nuevo Testamento— se empieza a trasladar la costumbre de sustituir el nombre de Dios directamente al texto escrito. Ahora, a diferencia de los manuscritos originales hebreos, se empiezan a encontrar nombres como Señor en los lugares del texto donde originalmente estaba el tetragrámaton hebreo.
    Es decir, se empezó a escribir directamente en el texto el nombre que antes simplemente cambiaban durante la lectura.

    Ahora tengamos presente que los Apóstoles eran judíos —como Jesús mismo, que era verdadero judío— y por tanto respetaban esta costumbre.

    Cuando más tarde se redactan los Evangelios y Epístolas, se consolidará esta regla que ya empezamos a ver en la Septuaginta y se generalizará el uso de títulos para las referencias directas a Dios, empleando habitualmente los términos de Dios, Señor, Padre, Dios Padre y otros.

    Por tanto, sí. Dios tiene un nombre personal, un nombre propio que quiso revelarle al hombre cuando se le presentó a Moisés. Ese nombre es יהוה transliterado como YHWH en el alfabeto latino. No hay más dioses, no hay «dos personalidades», no hay más teorías extrañas. Hay razones claras e históricas ancladas en la Tradición para que nosotros no lo veamos escrito—reconstruido fonéticamente como Yahvé o Jehová— en el Nuevo Testamento de nuestras biblias.


    Referencias

    1. Citas a las Sagradas Escrituras (Biblia de Mons. Juan Straubinger):
      • Ex 3,14–15; Ex 6,3; Gn 2,7; Sal 103[104],29–30; Job 33,4.
    1. Fuentes judías y tradición antigua:
      • Mishná — Tratado Yoma (uso del Nombre en el Templo).
      • Flavio Josefo — Antigüedades judías, II, 275 (referencia al Nombre divino como inefable).
    1. Traducciones y tradición textual:
      • Septuaginta (LXX) — uso de Kyrios como sustitución del Tetragrámaton.
      • Nuevo Testamento — continuidad del uso de Kyrios en las citas del Antiguo Testamento.
    1. Estudios y referencias académicas:
      • Brown, Driver, Briggs — Hebrew and English Lexicon of the Old Testament (entrada: יהוה).
      • Theological Dictionary of the New Testament (Kittel) — voces Kyrios y Theos.

  • ¿Es la Biblia realmente la Palabra de Dios?

    ¿Es la Biblia realmente la Palabra de Dios?

    Hay afirmaciones que, si se dicen en serio, cambian completamente la manera de mirar un libro. Decir que la Biblia es “inspiradora” o «importante culturamente» no compromete demasiado. Pero afirmar que es Palabra de Dios revelada y puesta por escrito por autores humanos es otra cosa. Esa afirmación exige razones.

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    Un conjunto de libros, no un libro

    Lo primero que conviene recordar es que la Biblia no es un libro, sino una biblioteca. Está compuesta por textos escritos a lo largo de más de un milenio (aproximadamente entre el siglo XIII a.C. y el I d.C.), en contextos históricos, culturales y políticos muy distintos. Así que de entrada hemos de tener en mente que aunque físicamente tengamos un tomo en la mano, la Biblia es un conjunto de libros de diversas épocas, autores y estilos. Veremos más adelante por qué es importante tener este detalle bien presente.

    Hay leyes, poesía, relatos históricos, literatura sapiencial, profecía, cartas pastorales, narraciones teológicas… No estamos ante un tratado sistemático redactado por un único autor humano ni ante un proyecto literario planificado por una sola mente humana. Sin embargo —y aquí está lo decisivo— la unidad profunda de la historia que se nos va revelando de manera coherente a lo largo de estos textos —escritos con siglos de distancia en el tiempo— remite a una única fuente de conocimiento que sostiene toda la arquitectura de la revelación bíblica.

    Más aún, los hagiógrafos plasmaban ideas o dejaban por escrito historias que todavía no comprendían en su significado completo y que no podían conectar con los textos —ni con los hechos— que revelarían su significado espiritual.

    En cuanto a la autoría literaria, la tradición atribuye determinados libros a figuras concretas —Moisés, Isaías, Mateo, Juan—, pero la investigación histórica muestra que muchos textos circularon inicialmente de forma anónima y fueron posteriormente vinculados a autoridades reconocidas.
    ¿Debilita esto la doctrina de la inspiración divina? Ciertamente, no. Más bien, nos obliga a distinguir entre el autor literario, la atribución transmitida por la Tradición y el proceso histórico mediante el cual la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, reconoció y definió el canon. La Iglesia nunca ha definido cada autor concreto como dogma de fe, sino la inspiración divina de los libros tal como han sido recibidos (cf. Dei Verbum 11).

    La cuestión central no es quién sostuvo la pluma, sino qué ocurrió en ese acto de escritura.

    Diversidad de autores, unidad de mensaje

    Como adelantaba antes, aquí aparece el primer detalle sorprendente: a pesar de la pluralidad de autores humanos, contextos históricos diferentes, estilos literarios y siglos de redacción, la Biblia manifiesta una coherencia interna profunda, no solo en el desarrollo progresivo de su historia, sino también en la iluminación recíproca entre los distintos libros que contiene. Y esta última parte es la más interesante, ya que ocurre tanto si retrocedemos desde los textos más recientes a los más antiguos, como si avanzamos en el sentido de la línea temporal.

    La Biblia no es una colección caótica de textos religiosos: es una historia con dirección.

    Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, se despliega una historia unitaria: la creación, la caída, la elección de un pueblo, la promesa, la pedagogía divina en la historia, la esperanza de redención y la restauración final. Es una narrativa que responde a las grandes preguntas humanas: ¿de dónde venimos?, ¿por qué existe el mal?, ¿tiene sentido el sufrimiento?, ¿hay esperanza de salvación?, ¿existe una justicia real?
    Pero también nos riega de sabiduría sobre variados aspectos de la vida cotidiana del ser humano: la conducta moral; el uso de la palabra; vida social; trabajo y economía…

    No es fácil explicar cómo autores separados por siglos, con niveles culturales distintos y situaciones históricas radicalmente diversas, pudieron contribuir a una misma arquitectura teológica sin conocer el resultado final.

    La Escritura se interpreta a sí misma. Los libros posteriores retoman, profundizan y reafirman los anteriores. Y no solo eso, sino que unos libros iluminan otros que estaban parcialmente velados. De hecho, el Nuevo Testamento no solo se presenta como cumplimiento de lo prometido, sino que revela en Cristo la clave y el sentido definitivo de toda la Escritura.

    «Y comenzando por Moisés, y por todos los profetas, les hizo hermenéutica de lo que en todas las Escrituras había acerca de Él.»

    Lucas 24, 27

    La profecía como signo

    Un elemento particularmente significativo es el fenómeno profético.

    La Escritura anuncia acontecimientos futuros con una claridad y distancia temporal de los hechos que sobrepasa lo que se podría esperar de la mera intuición humana o la casualidad. El Señor mismo presenta la profecía como signo de autenticidad, de que es Dios quien habla: “Yo anuncié desde antiguo lo que había de suceder… ” (Is 46, 10).

    Entre las profecías bíblicas, se encuentran las que ya han tenido cumplimiento histórico, las que se han cumplido parcialmente —no por falta de acierto, sino porque no se ha alcanzado la consumación de las mismas— y aquellas que todavía están a la espera de cumplirse.

    Al afirmar que hay profecías que han tenido cumplimiento histórico, quiero decir que hay unos hechos históricamente constatados que coinciden con lo profetizado. Hablo de acontecimientos documentados por fuentes históricas y, en varios casos, corroborados por hallazgos arqueológicos —como la caída de Jerusalén, el exilio del pueblo judío o el surgimiento y caída de determinados pueblos.

    Entonces, si ciertos anuncios contenidos en el texto preceden realmente —con siglos de antelación a menudo— a los acontecimientos que describen y su grado de precisión excede lo que cabría atribuir a mera conjetura, intuición o coincidencia, entonces resulta razonable considerar que el hecho no se explica adecuadamente por causas puramente humanas. Si además esta dimensión profética atraviesa de modo coherente y de un extremo a otro el conjunto del texto bíblico, la hipótesis de una revelación divina se vuelve creíble.

    Contestó Abrahán: “Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío.” Y siguieron caminando los dos juntos.

    Génesis 22, 8

    Inspiración y libertad del hagiógrafo

    Aquí es importante evitar un error frecuente: imaginar la inspiración como un dictado mecánico.

    La Iglesia enseña que Dios es autor de la Escritura en cuanto que inspiró a los hagiógrafos, aunque respetando plenamente sus facultades y su contexto histórico (Dei Verbum 11). El autor humano no es un simple secretario pasivo; es verdadero autor. Escribe desde su cultura, su lenguaje, su situación vital. Su personalidad y estilo también quedan impresas en el texto.

    La acción de Dios no anula la autoría humana, sino que la sostiene y la eleva. Por eso encontramos estilos distintos, énfasis diversos e incluso perspectivas complementarias sobre un mismo acontecimiento.

    No hay dictado, hay cooperación. Y esa conjunción —unidad de mensaje y pluralidad de voces— es también signo del origen divino de la Biblia mientras que nos enseña el modo en que Dios ha querido revelarse.
    Esta forma concreta de revelación —a través de muchos autores humanos y a lo largo de los siglos— apunta a razones sobre las que es muy importante meditar.

    Cabe mencionar aquí la radical diferencia entre este proceso de formación de las Escrituras en comparación con otros escritos religiosos, como el Corán.

    Entonces, ¿es razonable hablar de revelación divina?

    Si consideramos:

    • La amplitud histórica del proceso de redacción,
    • La coherencia interna que atraviesa siglos, contextos históricos, personales y culturales.
    • La auto-referencialidad de la Escritura y la capacidad de ir explicándose a sí misma progresivamente.
    • La dimensión profética con cumplimiento histórico.
    • Y la doctrina de la inspiración —que integra libertad humana y acción divina.

    La hipótesis de la revelación no aparece como una afirmación ingenua o exagerada, sino como una explicación proporcionada a los hechos.

    La Biblia no es simplemente un libro antiguo o una colección de enseñanzas religiosas. Es un conjunto de textos que presentan una arquitectura teológica imposible de planificar humanamente en su totalidad. Es la Palabra de Dios confiada a la humanidad a través de la acción de Dios en la historia y puesta por escrito por los hombres bajo el influjo del Espíritu Santo.
    Cuando la leemos, no escuchamos solo historias del pasado, sino que es Dios mismo quien nos habla a través de acontecimientos y palabras humanas.

    Reflexiona sobre lo que has leído y si lo deseas, deja en los comentarios tus respuestas a estas preguntas:

    • Cuando lees la Biblia, ¿te preguntas que te quiere decir Dios a ti personalmente en este momento de tu vida o la lees como algo que ocurrió y que te enseña algo sobre la historia o sobre Dios pero que nada tiene que ver contigo?
    • ¿Qué cambiaría para ti tener en mente que Dios mismo te habla personalmente a través de las historias que lees en la Biblia y los personajes que las protagonizan?

    Referencias

    1. Citas a las Sagradas Escrituras de la Biblia de Mons. Juan Straubinger.
    2. Concilio Vaticano II, Dei Verbum, nn. 11–12.
    3. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 101–108.