Autor: Roberto González

  • Los nombres de Dios

    Los nombres de Dios

    Muchos son los nombres que aparecen en la Biblia para referirse a Dios —Yahvé, Elohim, El, Adonai, El Shaddai… Por ello, en algún momento es muy fácil para muchas personas perderse en elucubraciones sobre el significado de todos estos nombres o hacerse preguntas que parten de suposiciones erróneas y que llevan a respuestas todavía más alejadas de la verdad.

    En este artículo me propongo explicar de forma clara las razones de todos esos nombres que aparecen en la Biblia para hablar de Dios. Al final, posiblemente descubrirás que no es como creías y que, claramente, es solo uno el Nombre de Dios.

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    La revelación de Dios en la historia es progresiva

    Como seguramente ya sabrás, Dios se revela al ser humano de forma progresiva a lo largo de la historia. Esto se repite constantemente y por eso estoy seguro de que ya lo habrás leído o escuchado antes.
    Lo que no suele decirse tanto son las razones, así que voy a aprovechar este momento para exponer la razón principal de esa progresividad de Dios para ir dándose a conocer, tanto a sí mismo, como a su plan de salvación para la humanidad.

    Imagina tener que enseñarle a un niño recién nacido a hacer ecuaciones de segundo grado, ¿verdad que es ridículo? Si esa fuera tu misión, lo primero que tendrías que hacer es… ¡Esperar!

    Ese bebé tendrá que convertirse antes en un niño con un determinado nivel de maduración cognitiva para poder entender, primero, las operaciones matemáticas básicas que le será necesario dominar para resolver ecuaciones de segundo grado.
    Llegado el momento le enseñarás a sumar, restar, multiplicar, dividir, operar con fracciones… Pero ni siquiera podrás explicarle todavía para qué le estás enseñando todo eso, porque no entendería que es en sí una ecuación de segundo grado. Por tanto, conocerá ciertas operaciones matemáticas pero todavía desconocerá la razón que hay detrás de la necesidad de aprender todo eso. Estarás transitando con el niño un periodo de preparación que llevará años de formación, supeditada al propio desarrollo intelectual del niño, a su propia maduración como persona.

    Como te habrás dado cuenta a través de la analogía del recién nacido que tiene que aprender operaciones matemáticas complejas, sería un absurdo tratar de enseñarle todo desde el principio debido a la propia incapacidad del niño para comprenderlo. Por razones similares, Dios necesitó preparar a la humanidad poco a poco para ir dándose a conocer y para mostrarles su plan de salvación y sus misterios.

    Desde los primeros patriarcas hasta Abraham, y desde Abraham a Moisés, y así sucesivamente, Dios va dándose a conocer teniendo en cuenta la capacidad de estos hombres para interpretar lo que escuchan o lo que conocen de Él. Esa capacidad está ligada a su particular grado de desarrollo espiritual, moral, social, político, etc.

    Dios prepara una pedagogía gradual adaptada a la historia del ser humano. Como en el ejemplo del niño recién nacido al que tenemos que enseñarle a resolver ecuaciones de segundo grado, ha de hablar a estos patriarcas, en primer lugar, en un lenguaje que comprendan y en unos términos que les resulten familiares pero, además, no puede adelantarles nada que no sean capaces de comprender o de asimilar de algún modo u otro.

    Y aquí viene el primer detalle importante: en el período histórico de los patriarcas, todas las formas que tenían para referirse a Dios, todos los «nombres» que empleaban no eran verdaderamente el nombre de Dios, sino que se empleaban a modo de títulos.

    Bien, ¿y qué quiere decir eso?
    No es lo mismo para nosotros escribir Dios, que dios. No es lo mismo Señor, que señor. Pero esa distinción gramatical que hacemos, no la hacían ellos —ni aparece en los manuscritos originales, por razones lingüísticas en las que no vamos a entrar ahora— así que la única forma de diferenciar el título de dios que se empleaba para referirse a cualquier deidad pagana de la del Dios revelado a los patriarcas, era el contexto.

    Así, veremos en los libros del AT —sobre todo en los del Pentateuco—algunos títulos para referirse a Dios que también eran empleados por los pueblos de la época para referirse a cualquier otra deidad y que se usan indistintamente, lo cual puede llevar a confusión durante la lectura.

    No hay que perder de vista que ya habían otras religiones y que existían palabras, etiquetas y títulos para referirse genéricamente a los dioses. Muchos de estos términos son tomados tal cual por los patriarcas para hablar del Dios que acaban de conocer. Por el momento, solo están aprendiendo que este Dios es el único, el verdadero; aquel al que deben escuchar, seguir y obedecer.

    Dios revela su verdadero nombre

    No es hasta Moisés, en el famoso episodio de la zarza ardiente, que Dios revela su verdadero nombre. Ahora sí hablamos de su nombre personal. No un título —como señor— ni una forma genérica o adjetivo, sino su nombre propio: Yo soy el que soy.

     Entonces dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy.” Y agregó: “Así dirás a los hijos de Israel: «El que es me ha enviado a vosotros.»”

    Éxodo 3,14

    Una pausa aquí para fijarnos en algo. En el versículo citado arriba hay dos partes. Primero Dios habla refiriéndose a sí mismo en 1ª persona, pero a continuación le dice a Moisés el nombre por el que lo dará a conocer al pueblo de Israel cambiando la forma verbal a la 3ª persona.

    Según la traducción de vuestra Biblia, puede cumplirse o no este cambio verbal, pero por si quedaban dudas, todo queda aclarado en el siguiente versículo:

    Prosiguió Dios diciendo a Moisés: “Así dirás a los hijos de Israel: Yahvé, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Éste es mi nombre para siempre, y éste mi memorial de generación en generación.

    Éxodo 3,15

    Ahora leemos Yahvé en la Biblia Straubinger, muy fiel al original hebreo, en donde aquí aparece ya el Tetragrámaton יהוה (YHWH), que es el nombre propio de Dios que aparece en todas partes a lo largo del Antiguo Testamento.

    Lo que Dios nos enseña al revelarnos su verdadero nombre es una verdad simple, pero absolutamente profunda y novedosa:
    Dios es el Ser universal y no hay otro. Todo lo que es, es por Él. Todo lo que tiene vida, la tiene por Él.
    Dios es dinámico, pero a la vez estático —en inglés el mismo verbo significa ser, pero también estar. Pero aún hay mucho más…

    La contemplación del nombre de Dios

    La pronunciación más probable para el nombre propio de Dios, el Tetragrámaton escrito en los originales, serían sonidos aspirados que recordarían a los producidos en un acto de respiración consciente. Se podría decir que, de algún modo, cada ser vivo que existe proclama el nombre de Dios con el mero acto de respirar, porque la respiración es signo de vida y es mediante el soplo de su aliento que Dios da la vida.

    Esta preciosa idea puede ilustrarse bastante claramente con unos cuantos versículos bíblicos:

     Y formó Yahvé Dios al hombre (del) polvo de la tierra e insufló en sus narices aliento de vida, de modo que el hombre vino a ser alma viviente.

    Génesis 2,7

    y antes que el polvo se vuelva a la tierra de donde salió,
    y el espíritu retorne a Dios que le dio el ser.
    Si Tú escondes el rostro, desfallecen;
    si retiras Tú su aliento, expiran,
    y vuelven a su polvo.

     Cuando envías tu soplo, son creados,
    y renuevas la faz de la tierra.

    Salmo 103[104],29-30

    El Espíritu de Dios me hizo,
    y el soplo del Omnipotente me dio vida.

    Job 33,4

    Entonces, ¿por qué no vemos el nombre de Dios en el Nuevo Testamento?

    Esta cuestión ha generado muchas dudas y malentendidos que han dado lugar a ideas absurdas, hasta el extremo de que para algunos cristianos —muchos, diría yo— existe una radical desconexión entre el Yahvé del AT y el Padre o Señor del NT.

    Esta desconexión a menudo se vuelve más fuerte todavía por el hecho de que la personalidad de Dios en el AT parece muy diferente a la del NT y a la del propio Jesús.

    Esta cuestión genera tal tensión para algunos cristianos—especialmente, desde mi punto de vista, entre católicos— que incluso he observado algo que, aunque me duela decirlo, es la pura verdad: rechazo al Dios del AT.
    Una circunstancia que al primero que le duele es al cristiano que alberga este sentimiento, el cual yo mismo he experimentado en el pasado.

    Tanta es la importancia de eliminar este malentendido y esta aparente tensión entre el Dios del AT y el del NT que merece un artículo completo dedicado a tratar esta cuestión.

    Volviendo a la cuestión que titula esta sección, la razón por la que no vemos escrito en nuestras Biblias el nombre propio de Dios en el Nuevo Testamento, es por respeto a una tradición que se remonta desde —al menos— el judaísmo de la época del segundo templo y que arraigará todavía más esa costumbre a partir del siglo I d.C.

    Así pues, cuando en la sinagoga los judíos llegaban a un frase donde donde estaba escrito el nombre de Dios —יהוה— leían en voz alta Adonai —Señor— o, según el caso, Adonai Elohim, traducido a veces como Señor Yahvé en nuestra Biblia.

    Podían utilizar otras expresiones indirectas que evitaban pronunciar en voz alta el Nombre de Dios. ¿Por qué? Porque lo consideraban tan sagrado y le mostraban tal respeto, que evitaban incluso el pronunciarlo en voz alta como una muestra de reverencia extrema.

    Así, cuando se redactó la Septuaginta —que se podría decir que fue «la Biblia de los Apóstoles» por ser sus textos los más citados en el Nuevo Testamento— se empieza a trasladar la costumbre de sustituir el nombre de Dios directamente al texto escrito. Ahora, a diferencia de los manuscritos originales hebreos, se empiezan a encontrar nombres como Señor en los lugares del texto donde originalmente estaba el tetragrámaton hebreo.
    Es decir, se empezó a escribir directamente en el texto el nombre que antes simplemente cambiaban durante la lectura.

    Ahora tengamos presente que los Apóstoles eran judíos —como Jesús mismo, que era verdadero judío— y por tanto respetaban esta costumbre.

    Cuando más tarde se redactan los Evangelios y Epístolas, se consolidará esta regla que ya empezamos a ver en la Septuaginta y se generalizará el uso de títulos para las referencias directas a Dios, empleando habitualmente los términos de Dios, Señor, Padre, Dios Padre y otros.

    Por tanto, sí. Dios tiene un nombre personal, un nombre propio que quiso revelarle al hombre cuando se le presentó a Moisés. Ese nombre es יהוה transliterado como YHWH en el alfabeto latino. No hay más dioses, no hay «dos personalidades», no hay más teorías extrañas. Hay razones claras e históricas ancladas en la Tradición para que nosotros no lo veamos escrito—reconstruido fonéticamente como Yahvé o Jehová— en el Nuevo Testamento de nuestras biblias.


    Referencias

    1. Citas a las Sagradas Escrituras (Biblia de Mons. Juan Straubinger):
      • Ex 3,14–15; Ex 6,3; Gn 2,7; Sal 103[104],29–30; Job 33,4.
    1. Fuentes judías y tradición antigua:
      • Mishná — Tratado Yoma (uso del Nombre en el Templo).
      • Flavio Josefo — Antigüedades judías, II, 275 (referencia al Nombre divino como inefable).
    1. Traducciones y tradición textual:
      • Septuaginta (LXX) — uso de Kyrios como sustitución del Tetragrámaton.
      • Nuevo Testamento — continuidad del uso de Kyrios en las citas del Antiguo Testamento.
    1. Estudios y referencias académicas:
      • Brown, Driver, Briggs — Hebrew and English Lexicon of the Old Testament (entrada: יהוה).
      • Theological Dictionary of the New Testament (Kittel) — voces Kyrios y Theos.

  • El arrepentimiento. ¿Cuál es su verdadero significado en la Biblia?

    El arrepentimiento. ¿Cuál es su verdadero significado en la Biblia?

    Cuando oyes la palabra arrepentimiento, ¿qué idea aparece en tu mente?

    Lo normal es pensar inmediatamente en algo parecido a sentir culpa, lamentar lo que hicimos mal, reprocharse el pasado y prometernos que intentaremos hacerlo mejor; lo cual es correcto en el sentido habitual del término en nuestro idioma.

    El problema viene cuando trasladamos literalmente ese modo de entender el arrepentimiento que manejamos en el lenguaje cotidiano a la Biblia. Así que debemos preguntarnos: ¿es realmente eso lo que la Biblia quiere decir cuando habla de arrepentimiento?

    Comprender mal una idea básica como esta provoca, entre otros efectos perniciosos, conversiones frágiles que no producen fruto y una imagen del cristianismo de religión opresora que enseña que debemos sentirnos constantemente indignos y vivir mirando al pasado con dolor. Nada más lejos de la realidad.

    La Sagrada Escritura —lo que Dios mismo quiere enseñarnos— propone algo mucho más profundo y esperanzador: el arrepentimiento no consiste en quedarse atrapado en la culpa y en el dolor por nuestros pecados, sino en volver a Dios y comenzar una vida nueva.

    Al indagar en los textos originales sobre los términos empleados en los pasajes en los que se habla del arrepentimiento, descubrimos que tienen un significado que no tiene que ver principalmente con un sentimiento de culpa o pesar, sino con el primer paso de un proceso de transformación interior que comienza con la gracia de Dios y produce un cambio radical en la forma de pensar y de ver el mundo, fruto de la acogida de esa gracia.

    En este artículo vamos a profundizar sobre el significado bíblico del arrepentimiento. Veremos cómo comienza ese proceso en el corazón humano y qué frutos produce cuando es auténtico.

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    La idea equivocada sobre el arrepentimiento: cuando la culpa sustituye a la conversión

    En el lenguaje ordinario, el término arrepentirse tiene un significado principalmente psicológico.

    Decimos que alguien se arrepiente cuando lamenta una decisión tomada o cuando siente remordimiento por algo que hizo en el pasado. Si te fijas, el centro de la experiencia está en el sentimiento de culpa.

    Esta definición es absolutamente correcta, pero no la podemos trasladar tal cual al significado que el término quiere expresar en la Biblia, ya que es insuficiente porque queda reducido a un estado emocional: sentirse mal por lo ocurrido.

    Si reducimos a eso el significado del arrepentimiento, nos quedamos atrapados en los errores del pasado, en los reproches y en la culpa, lo cual no transforma la vida en el sentido que Dios quiere para nosotros.

    Es normal y saludable sentir dolor por el pecado cometido. Normal porque Dios nos ha dado la luz para reconocer que nos hemos equivocado y para darnos cuenta del dolor que hemos generado, y saludable porque nos da la oportunidad de arrepentirnos y cambiar.

    El arrepentimiento bíblico no consiste en quedarse mirando el pasado con aflicción, sino en cambiar de dirección y comenzar un camino nuevo.

    Analizar los términos empleados en los textos originales y el significado que se les atribuye en su contexto, nos ayuda a comprender la diferencia.

    El arrepentimiento en el Antiguo Testamento: volver a Dios

    En el Antiguo Testamento, el término más importante asociado a la conversión es el verbo hebreo שׁוּב (shuv), que significa literalmente volver, regresar o darse la vuelta.

    La imagen es muy clara: alguien que caminaba en una dirección se detiene, gira y vuelve al lugar del que se había alejado.

    Eso es exactamente lo que los profetas quieren expresar cuando hablan de arrepentimiento: el ser humano se ha alejado de Dios y necesita volver a Él.

    El profeta Isaías lo expresa así:

    “Buscad al Señor mientras puede ser hallado; invocadle mientras está cerca. Deje el impío su camino y el hombre inicuo sus pensamientos; vuélvase al Señor, que tendrá compasión de él, y a nuestro Dios, que es generoso en perdonar.”

    Isaías 55,6–7

    Aquí el centro del arrepentimiento no es el sentimiento de culpa, sino el retorno a Dios, el cambio de dirección.

    Pero el Antiguo Testamento utiliza también otro verbo que ilumina un matiz importante: נחם (nacham), que puede traducirse como lamentarse, sentir pesar o cambiar de actitud interior.

    Este término introduce la dimensión interior del proceso: el corazón humano reconoce que ha tomado un camino equivocado y experimenta un dolor verdadero por ello.

    Ambos términos —shuv y nacham— juntos nos permiten comprender mejor el concepto bíblico.

    El arrepentimiento no es solo un sentimiento interior (nacham), ni tampoco solo un cambio exterior de conducta (shuv). Es un movimiento completo del corazón y de la vida: reconocer la verdad, sentir dolor por el mal cometido y volver a Dios. El arrepentimiento lleva a la conversión.

    Por eso los profetas repiten una y otra vez la misma llamada:

    “Vuélvete, Israel apóstata —oráculo del Señor— … porque soy misericordioso.”

    Jeremías 3,12

    Dios nos invita al arrepentimiento y a la conversión y nos promete misericordia. Nos adelanta que nos recibirá y no nos guardará rencor.

    Vemos que el arrepentimiento bíblico en el Antiguo Testamento insiste en la idea de restaurar la relación con Dios mediante un cambio real de vida que nace, primeramente, de una toma de conciencia del pecado y sigue con un cambio, un giro completo de retorno a Dios.

    El arrepentimiento en el Nuevo Testamento: cambiar la mente

    Cuando llegamos al Nuevo Testamento encontramos otro término fundamental: el verbo griego μετανοεῖν (metanoein) y el sustantivo μετάνοια (metanoia). Literalmente significa “cambiar la mente” o transformar la manera de pensar”.

    No se refiere simplemente a sentir remordimiento, sino a una reorientación profunda del corazón y de la inteligencia. Por eso la primera predicación de Jesús comienza con estas palabras:

    “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca. Arrepentíos y creed en el Evangelio.”

    Marcos 1,15

    Además vemos aquí como el arrepentimiento —en otras traducciones aparece como «convertíos y creed»— es condición necesaria para para la fe.

    San Pablo expresa aquí la misma idea de transformación interior en unos términos que no dejan lugar a dudas sobre su significado:

    “No os conforméis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente.”

    Romanos 12,2

    La verdadera causa del arrepentimiento

    Si el arrepentimiento al que hace referencia la Escritura no nace principalmente de la culpa, ¿de dónde?

    En la Biblia se nos describe un proceso espiritual más profundo que un simple sentimiento moral, de culpa o de pesar. El arrepentimiento, la conversión, empiezan en el momento que Dios sale a nuestro encuentro y nos da la gracia para que surja en nosotros.

    Dios toma siempre la iniciativa. Antes de que nosotros pensemos en volver, Dios ya nos ha llamando interiormente. Por eso la conversión no surge de nuestra voluntad ni de un esfuerzo por cambiar interiormente, sino de la respuesta a una llamada previa de Dios y de la acogida de la gracia que nos ofrece junto a su llamada. A partir de ese punto sí entra en juego nuestra libertad de elección y nuestra voluntad personal.

    Los profetas describen este movimiento divino con gran belleza. Dios atrae al corazón humano, lo despierta y lo interpela:

    “Por eso Yo la atraeré
    y la llevaré a la soledad
    le hablaré al corazón.”

    Oseas 2,14 [2,16]

    La conversión comienza cuando algo dentro de la persona se ilumina. Puede ocurrir de una manera sencilla e inesperada. Un buen día ves «por casualidad» una reflexión sobre el Evangelio mientras buscabas otra cosa en redes sociales, o por una experiencia de vida que te toca el corazón, un sufrimiento que te quiebra y que con el tiempo cobra un sentido para ti, el testimonio de otra persona, un libro no religioso «que te encuentra» y te enseña algo que no esperabas, despertándote preguntas que no te habías hecho por ti mismo… Pero bajo cualquiera de esas formas, está la gracia de Dios que nos habilita para escuchar la llamada y responder a ella.

    Como ves, no tiene por qué ser un momento espectacular; la mayoría de las veces es más bien una luz tranquila que aparece dentro de la conciencia y que hace pensar algo como:
    «quizá lo que creía saber sobre Dios, sobre Jesús, sobre la Iglesia, sobre la Biblia… estaba completamente errado… puede que tenga que empezar de nuevo y replantearme todo lo que creía saber, porque ahora siento que hay algo muy fuerte que me impulsa a buscar respuestas».

    En ese momento aparece lo que la tradición cristiana llama gracia actual: una ayuda interior de Dios que mueve suavemente la libertad humana hacia el bien. La persona sigue siendo libre, pero ahora ve con una luz nueva.

    Por eso San Pablo afirma algo que a primera vista resulta sorprendente:

    “¿O desprecias la riqueza de su bondad, paciencia y longanimidad, ignorando que la benignidad de Dios te lleva al arrepentimiento?

    Romanos 2,4

    No es la culpa la que inicia el movimiento, sino la bondad de Dios. Dios te ha llamado porque quiere rescatarte, para que seas salvado.

    El ejemplo paradigmático que enseña como funciona el arrepentimiento es la parábola del hijo pródigo. El texto dice que el hijo, después de tocar fondo, “volvió en sí”:

    “Volviendo en sí, dijo…

    ‘Me levantaré, iré a mi padre’…”

    Lucas 15,17–18

    Ese momento —volver en sí— describe perfectamente lo que ocurre en el arrepentimiento bíblico: una especie de despertar interior en el que la persona vislumbra la verdad y decide cambiar de dirección.

    La gracia ilumina. La libertad responde. Y entonces comienza verdaderamente el camino a la conversión.

    La conversión real da frutos buenos

    Aquí aparece una diferencia muy profunda entre la culpa estéril y el arrepentimiento bíblico.

    La culpa psicológica tiende a encerrar a la persona en sí misma. El foco permanece continuamente en el propio error: lo que hice, lo que debería haber hecho, lo que arruiné

    La conversión bíblica, en cambio, produce algo muy distinto: abre un camino nuevo.

    Cuando una persona descubre la verdad de Dios y decide volver a Él, lo que descubrirá es que Dios lo ha estado esperando pacientemente desde el día que decidió marcharse para recibirlo con los brazos abiertos cuando se dispusiera a volver a Él.

    Cuando una persona descubre la misericordia y la bondad de Dios, su mirada deja de estar fijada en el pasado y comienza a orientarse hacia esa promesa que Dios nos hace: la de una vida nueva.

    Por eso Juan Bautista exhortaba con tanta fuerza:

    “Producid frutos propios del arrepentimiento…”

    Lucas 3,8

    La Escritura insiste en que el arrepentimiento auténtico siempre termina siendo visible en la vida.

    Poco a poco aparecen signos claros. La persona empieza a ordenar su vida hacia Dios y decisiones y acciones que antes parecían imposibles comienzan a ser posibles y la conciencia se vuelve más sensible al bien.

    No es un cambio mágico ni instantáneo. La conversión cristiana suele parecerse más a un camino que comienza y por el cual se va avanzando paulatinamente que a un instante aislado que cambia la vida de golpe.

    Pero el hecho es que cuando ese camino empieza, los frutos se van haciendo visibles: deseo sincero de perdón, crecimiento en amor a los demás y a uno mismo —ya no tenemos que sentirnos indignos por nuestros errores del pasado, sino que somos dignos por Jesucristo—, mayor sensibilidad hacia el bien, capacidad de perdonar y de vencer el orgullo…
    Pero también cambios que tienen que ver con el estilo de vida: sexualidad más ordenada, autocontrol y dominio propio de todo tipo de impulsos y hábitos destructivos que antes prevalecían y actuaban en la sombra ahora son delatados por la Luz que hemos dejado entrar a nuestra alma.

    La diferencia es radical. La culpa psicológica paraliza. El arrepentimiento del que nos habla la Biblia pone en movimiento un proceso que nos cambia la vida por completo para nuestro bien y el de los demás.

    Volver a Dios siempre es posible

    Quizá durante mucho tiempo hemos entendido el arrepentimiento de forma demasiado estrecha, como si consistiera simplemente en sentirse mal por nuestros errores, por un pasado del que no nos sentimos orgullosos y que no conseguimos soltar, pero la Biblia presenta algo mucho más grande y liberador.

    Arrepentirse significa despertar, volver a la verdad, descubrir de nuevo a Dios y volvernos a Él. Y lo más importante: este movimiento no comienza con nuestras fuerzas, sino con una llamada y con la gracia que Dios ya está ofreciendo.

    Por eso el arrepentimiento cristiano nunca es una historia de desesperación, sino de esperanza. No volvemos a Dios porque buscamos agarrarnos a un clavo ardiendo, o porque necesitamos apoyarnos en algo sin más. Sino porque por la gracia que nos ofrece, vislumbramos una verdad que habíamos dejada atrás y que merece la pena reconsiderar. Una promesa de redención y de vida nueva que, ahora, empezamos a comprender.

    Somos llamados a buscar las respuestas a las preguntas que, en el fondo, nos han estado rondando la cabeza toda la vida, solo que ahora resuenan con más claridad y fuerza que nunca.

    Cuando uno da el paso de volver, descubre que Dios no estaba lejos esperándolo con reproches, sino que, como el padre de la parábola del hijo pródigo, nos esperaba de brazos abiertos, feliz porque ha recuperado a un hijo que estaba perdido. Y ahí comienza realmente la vida nueva.

    El arrepentimiento cristiano no es la historia de un hombre que vuelve derrotado y por desesperación, sino la de un hijo que, a base sufrir el fruto amargo de la separación voluntaria de su padre, reflexiona y se da cuenta que le queda una opción: volver.
    Humillado, retorna para descubrir que tiene un padre que, no solo ha respetado su liberdad, sino que le ha bastado ver su deseo sincero de volver a casa para acogerlo y ofrecerle una vida verdaderamente nueva.


    Referencias

    1. Citas a las Sagradas Escrituras de la Biblia de Mons. Juan Straubinger:
      • Is 55,6–7; Jr 3,12; Os 2,16; Mc 1,15; Rm 2,4; Rm 12,2; Lc 3,8; Lc 15,17–18.
    2. Catecismo de la Iglesia Católica:
      • Conversión y arrepentimiento
        • CIC 1427 — La llamada de Jesús a la conversión.
        • CIC 1428 — La conversión es obra continua de la gracia en la vida del cristiano.
      • Dolor por el pecado y retorno a Dios
        • CIC 1430 — La verdadera penitencia es ante todo una conversión del corazón.
        • CIC 1431 — La conversión implica dolor y detestación del pecado, pero nace del encuentro con la misericordia de Dios.
        • CIC 1432 — El corazón del hombre es torpe y endurecido; Dios debe dar al hombre un corazón nuevo (cf. Ez 36,26-27).
        • CIC 1433 — La conversión es ante todo obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones.
      • Frutos de la conversión
        • CIC 1434–1435 — Expresiones de la conversión en la vida cristiana: oración, penitencia, caridad y reconciliación.
  • ¿Es la Biblia realmente la Palabra de Dios?

    ¿Es la Biblia realmente la Palabra de Dios?

    Hay afirmaciones que, si se dicen en serio, cambian completamente la manera de mirar un libro. Decir que la Biblia es “inspiradora” o «importante culturamente» no compromete demasiado. Pero afirmar que es Palabra de Dios revelada y puesta por escrito por autores humanos es otra cosa. Esa afirmación exige razones.

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    Un conjunto de libros, no un libro

    Lo primero que conviene recordar es que la Biblia no es un libro, sino una biblioteca. Está compuesta por textos escritos a lo largo de más de un milenio (aproximadamente entre el siglo XIII a.C. y el I d.C.), en contextos históricos, culturales y políticos muy distintos. Así que de entrada hemos de tener en mente que aunque físicamente tengamos un tomo en la mano, la Biblia es un conjunto de libros de diversas épocas, autores y estilos. Veremos más adelante por qué es importante tener este detalle bien presente.

    Hay leyes, poesía, relatos históricos, literatura sapiencial, profecía, cartas pastorales, narraciones teológicas… No estamos ante un tratado sistemático redactado por un único autor humano ni ante un proyecto literario planificado por una sola mente humana. Sin embargo —y aquí está lo decisivo— la unidad profunda de la historia que se nos va revelando de manera coherente a lo largo de estos textos —escritos con siglos de distancia en el tiempo— remite a una única fuente de conocimiento que sostiene toda la arquitectura de la revelación bíblica.

    Más aún, los hagiógrafos plasmaban ideas o dejaban por escrito historias que todavía no comprendían en su significado completo y que no podían conectar con los textos —ni con los hechos— que revelarían su significado espiritual.

    En cuanto a la autoría literaria, la tradición atribuye determinados libros a figuras concretas —Moisés, Isaías, Mateo, Juan—, pero la investigación histórica muestra que muchos textos circularon inicialmente de forma anónima y fueron posteriormente vinculados a autoridades reconocidas.
    ¿Debilita esto la doctrina de la inspiración divina? Ciertamente, no. Más bien, nos obliga a distinguir entre el autor literario, la atribución transmitida por la Tradición y el proceso histórico mediante el cual la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, reconoció y definió el canon. La Iglesia nunca ha definido cada autor concreto como dogma de fe, sino la inspiración divina de los libros tal como han sido recibidos (cf. Dei Verbum 11).

    La cuestión central no es quién sostuvo la pluma, sino qué ocurrió en ese acto de escritura.

    Diversidad de autores, unidad de mensaje

    Como adelantaba antes, aquí aparece el primer detalle sorprendente: a pesar de la pluralidad de autores humanos, contextos históricos diferentes, estilos literarios y siglos de redacción, la Biblia manifiesta una coherencia interna profunda, no solo en el desarrollo progresivo de su historia, sino también en la iluminación recíproca entre los distintos libros que contiene. Y esta última parte es la más interesante, ya que ocurre tanto si retrocedemos desde los textos más recientes a los más antiguos, como si avanzamos en el sentido de la línea temporal.

    La Biblia no es una colección caótica de textos religiosos: es una historia con dirección.

    Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, se despliega una historia unitaria: la creación, la caída, la elección de un pueblo, la promesa, la pedagogía divina en la historia, la esperanza de redención y la restauración final. Es una narrativa que responde a las grandes preguntas humanas: ¿de dónde venimos?, ¿por qué existe el mal?, ¿tiene sentido el sufrimiento?, ¿hay esperanza de salvación?, ¿existe una justicia real?
    Pero también nos riega de sabiduría sobre variados aspectos de la vida cotidiana del ser humano: la conducta moral; el uso de la palabra; vida social; trabajo y economía…

    No es fácil explicar cómo autores separados por siglos, con niveles culturales distintos y situaciones históricas radicalmente diversas, pudieron contribuir a una misma arquitectura teológica sin conocer el resultado final.

    La Escritura se interpreta a sí misma. Los libros posteriores retoman, profundizan y reafirman los anteriores. Y no solo eso, sino que unos libros iluminan otros que estaban parcialmente velados. De hecho, el Nuevo Testamento no solo se presenta como cumplimiento de lo prometido, sino que revela en Cristo la clave y el sentido definitivo de toda la Escritura.

    «Y comenzando por Moisés, y por todos los profetas, les hizo hermenéutica de lo que en todas las Escrituras había acerca de Él.»

    Lucas 24, 27

    La profecía como signo

    Un elemento particularmente significativo es el fenómeno profético.

    La Escritura anuncia acontecimientos futuros con una claridad y distancia temporal de los hechos que sobrepasa lo que se podría esperar de la mera intuición humana o la casualidad. El Señor mismo presenta la profecía como signo de autenticidad, de que es Dios quien habla: “Yo anuncié desde antiguo lo que había de suceder… ” (Is 46, 10).

    Entre las profecías bíblicas, se encuentran las que ya han tenido cumplimiento histórico, las que se han cumplido parcialmente —no por falta de acierto, sino porque no se ha alcanzado la consumación de las mismas— y aquellas que todavía están a la espera de cumplirse.

    Al afirmar que hay profecías que han tenido cumplimiento histórico, quiero decir que hay unos hechos históricamente constatados que coinciden con lo profetizado. Hablo de acontecimientos documentados por fuentes históricas y, en varios casos, corroborados por hallazgos arqueológicos —como la caída de Jerusalén, el exilio del pueblo judío o el surgimiento y caída de determinados pueblos.

    Entonces, si ciertos anuncios contenidos en el texto preceden realmente —con siglos de antelación a menudo— a los acontecimientos que describen y su grado de precisión excede lo que cabría atribuir a mera conjetura, intuición o coincidencia, entonces resulta razonable considerar que el hecho no se explica adecuadamente por causas puramente humanas. Si además esta dimensión profética atraviesa de modo coherente y de un extremo a otro el conjunto del texto bíblico, la hipótesis de una revelación divina se vuelve creíble.

    Contestó Abrahán: “Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío.” Y siguieron caminando los dos juntos.

    Génesis 22, 8

    Inspiración y libertad del hagiógrafo

    Aquí es importante evitar un error frecuente: imaginar la inspiración como un dictado mecánico.

    La Iglesia enseña que Dios es autor de la Escritura en cuanto que inspiró a los hagiógrafos, aunque respetando plenamente sus facultades y su contexto histórico (Dei Verbum 11). El autor humano no es un simple secretario pasivo; es verdadero autor. Escribe desde su cultura, su lenguaje, su situación vital. Su personalidad y estilo también quedan impresas en el texto.

    La acción de Dios no anula la autoría humana, sino que la sostiene y la eleva. Por eso encontramos estilos distintos, énfasis diversos e incluso perspectivas complementarias sobre un mismo acontecimiento.

    No hay dictado, hay cooperación. Y esa conjunción —unidad de mensaje y pluralidad de voces— es también signo del origen divino de la Biblia mientras que nos enseña el modo en que Dios ha querido revelarse.
    Esta forma concreta de revelación —a través de muchos autores humanos y a lo largo de los siglos— apunta a razones sobre las que es muy importante meditar.

    Cabe mencionar aquí la radical diferencia entre este proceso de formación de las Escrituras en comparación con otros escritos religiosos, como el Corán.

    Entonces, ¿es razonable hablar de revelación divina?

    Si consideramos:

    • La amplitud histórica del proceso de redacción,
    • La coherencia interna que atraviesa siglos, contextos históricos, personales y culturales.
    • La auto-referencialidad de la Escritura y la capacidad de ir explicándose a sí misma progresivamente.
    • La dimensión profética con cumplimiento histórico.
    • Y la doctrina de la inspiración —que integra libertad humana y acción divina.

    La hipótesis de la revelación no aparece como una afirmación ingenua o exagerada, sino como una explicación proporcionada a los hechos.

    La Biblia no es simplemente un libro antiguo o una colección de enseñanzas religiosas. Es un conjunto de textos que presentan una arquitectura teológica imposible de planificar humanamente en su totalidad. Es la Palabra de Dios confiada a la humanidad a través de la acción de Dios en la historia y puesta por escrito por los hombres bajo el influjo del Espíritu Santo.
    Cuando la leemos, no escuchamos solo historias del pasado, sino que es Dios mismo quien nos habla a través de acontecimientos y palabras humanas.

    Reflexiona sobre lo que has leído y si lo deseas, deja en los comentarios tus respuestas a estas preguntas:

    • Cuando lees la Biblia, ¿te preguntas que te quiere decir Dios a ti personalmente en este momento de tu vida o la lees como algo que ocurrió y que te enseña algo sobre la historia o sobre Dios pero que nada tiene que ver contigo?
    • ¿Qué cambiaría para ti tener en mente que Dios mismo te habla personalmente a través de las historias que lees en la Biblia y los personajes que las protagonizan?

    Referencias

    1. Citas a las Sagradas Escrituras de la Biblia de Mons. Juan Straubinger.
    2. Concilio Vaticano II, Dei Verbum, nn. 11–12.
    3. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 101–108.